De manzanas a mangos

SHAREShare on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on Pinterest

Peso 5 kilos más que hace 10 años. He tenido un hijo y mis pechos, que antes realzaba con escotes y sujetadores balconet y push up, han aumentado de tamaño. Digamos que han pasado de manzanas a mangos.

Se ha abierto ante mí un inexplorado (y costoso) universo: el de la corsetería. Cuando tu talla de sujetador va de la 80 a la 90, puedes apañarte perfectamente con piezas en tiendas low cost, como Mango, H&M, Women Secret u Oysho. Pero a partir de la 95B comienzan los auténticos problemas.

La delgadez extrema está de moda, las niñas cada vez son más estrechitas. Salvo raras excepciones, una chica delgada no tiene mucho pecho, así que estas marcas low cost optan por forrar los sujetadores con foam, aros y almohadillas. Mientras no tengas mucho pecho, el sistema funciona: “rellenas” la ropa y ni siquiera hace falta que el sujetador esté bien cortado, porque la espuma arregla cualquier defecto de forma.

Pero si tienes algo de pecho, no necesitas el foam ni las almohadillas (a no ser que te guste parecer una starlette de Las Vegas, en ese caso, adelante, muchacha), y comienza el peregrinaje para encontrar el sujetador que se adapte a tu forma. Aquí empiezan los problemas, el primero ¿cuál es tu talla real?. El segundo ¿dónde encontrarla?.

En mi caso, la talla en marcas low cost ha oscilado de la 95C a la 100B, en prendas que al 2º lavado ya empezaban a deformarse, porque todos llevaban foam, y algunos foam y almohadillas, un despropósito.

Lo barato sale caro, y aquí se cumple el dicho a rajatabla. Por eso no hay más remedio que gastar dinero en adquirir algunas prendas de calidad. Si antes decía que lo único en lo que realmente merece la pena invertir es en zapatos y abrigos, me he tenido que rendir a la evidencia y añadir “y en sujetadores buenos”.

El coste proporcional viene a ser el mismo que entre un zapato bueno y uno barato: de uno a cuatro. Por cada sujetador bueno puedes comprarte cuatro malos, aproximadamente. El bueno te durará mucho más que el malo, que como mucho en dos meses pasará al fondo del cajón, donde guardas las prendas deformadas que te pones para estar en casa.

Si quieres saber tu talla real acude a profesionales: corsetería tradicional. Te vale la de toda la vida de tu barrio o las dependientas de la planta de lencería del Corte Inglés, lo que tengas más a mano. Nadie te impide entrar en una boutique de La Perla, pero tampoco exageremos: quieres conocer tu talla, no arruinarte.

En el instante en que te pruebas un buen sujetador, tu vida cambia. Sé que suena exagerado, pero es la pura realidad. Que levante la mano la que no está deseando llegar a casa para desprenderse del martirio del sujetador… Pero si es casi lo primero que te enseña una madre: a quitártelo sin quitarte la camiseta. ¡Oh, qué placer!

Me despisto. A lo que iba: un profesional es capaz de adivinar tu talla con solo mirarte, tu talla exacta. Y te mostrará un montón de prendas que te irán como un guante. No tendrás más que ir descartando opciones: blonda sí, blonda no; aros sí o no; balconet o cruzado; tirantes ajustables; color. El universo de la corsetería es infinito, y la paciencia de estas profesionales (por regla general son mujeres, sí) también. Te dolerá un poco la cartera, pero créeme, a la larga me lo agradecerás.

Cruzado-Magico

Basado en hechos reales
Una vez conocí mi talla REAL, decidí experimentar nuevamente con el mundo low cost (maldito Amancio, has creado un monstruo), pero como “ya sabía mi talla” esta vez en rebajas y en tiendas online. Tenía un objetivo: 95B, con aros y sin foam ni rellenos push-up.
– Empecé por MANGO y sus rebajas: mal, la talla C no la trabajan (eso me dijo la dependienta cuando intenté cambiar una B por una C), y en la tela de la B me cabe ni media teta. Descartada.
– Siguiente objetivo: H&M. Cinco tiendas recorridas, y ninguna tenía sujetadores sin foam. Además, el tejido y los colores eran como de estrella del porno de serie Z. Fuera.
– Continué por el clásico de las bragas de algodón, Oysho (a puñados las compro, lo confieso). Me interné en el proceloso mundo de las mujeres que se ponen la camisa de cuadros de Terry Richardson para dormir (*). Tampoco tuve éxito: aquí también abunda el foam. ¿Para estar por casa? ¿En serio? Vamos hombre..
(* es ver el estampado tartán de la camisa del tipejo este y darme arcadas)
– ¿Women Secret? Ja. Es de sobras conocido el mal patronaje de esta marca. No le queda bien ni a los maniquíes del escaparate.
– Una conocida me sugirió Marks&Spencer. En Madrid no hay. Hago la compra online. A la modelo que lo luce le queda estupendo (normal, se trata de vender), así que me lanzo… pero cometo el error de no fiarme del patrón (low cost low cost, repite mi cerebro) y pido una C. Tarda 12 días en llegar y cuando lo recibo es un modelo digno de Bridget Jones. He cometido dos errores:

  1. el color “natural”. Ese beis horrible que a veces usamos con prendas blancas y que se transparentan. Es feo de cojones.
  2. la talla. Mejor una B. No es que la C sea enorme, pero es justo lo contrario que con Mango, aquí la tela no escasea, así que me queda completito. Mejor no intentar el numerito sexy cuando lo llevo puesto.

– No pruebo Intimissimi. Los básicos que vi desde el escaparate tenían esa tela brillosa que qué fea que es, leñe. Ya he comprado un sujetador feo, no pienso cometer ese error dos veces.
– Entonces recibo un email de &OtherStories. En la web hay cosas monas. Decido probar. La talla, 95B (80B en su tallaje), con aros, sin foam ni rellenos, precio razonable. ¡Bingo! Oye, qué mono. Y sin arruinarme.

Conclusión
Lo primero que debemos hacer es conocer nuestra talla; lo segundo, encontrar una marca de precio razonable que encaje con nuestros gustos y presupuesto, y que tenga nuestra medida; si no encontramos marcas low cost, invertir, porque a la larga nos saldrá mejor, ya que estaremos más cómodas y la ropa nos sentará mejor; y para terminar, agarrar todos esos sujetadores deformados, con almohadillas y rellenos, y hacer lo que hicimos con las hombreras que usábamos en los 80s: tirarlas a la basura… bueno, en un contenedor de reciclaje.

Por Mabi Barbas