Sexpearemente

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Con casi veinte años de experiencia juntos a sus espaldas, Rulo Pardo y Santiago Molero, o lo que es lo mismo, Sexpeare, interpretan a Rulo y Santiago, dos actores que reflexionan sobre la guillotina de la crisis en el ámbito de la cultura. Su lugar de encuentro no podía ser otro que el Teatro Alfil, un teatro que ellos bien conocen y donde han encontrado un merecido calor por parte de un público bien entregado

Hablar de Sexpeare es hablar de Qué pelo más guay o For Sale, de dos pedazo de actores cuyo encuentro en la Escuela de Interpretación supuso un amor a primera vista. Y eso que nos llevamos, porque Sexpeare ha conseguido pasar la barrera del dúo de comediantes para sobresalir con sello propio, doblegando a petardos como José Mota o el Dúo Sacapuntas que, según mi criterio, me provocan un sopor inenarrable.

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Sexpearemente es un compendio de historias, gags, sketches, clips. La protagonista es indudablemente la realidad; protagonista de un largometraje que dura años, en los que las artes escénicas son apaleadas con la subida de impuestos, los recortes en materia de subvenciones, el enchufismo y la precariedad de la vida del actor. Porque un actor muchas veces tiene que asumir trabajos que en época de bonanza ni se habría planteado, porque ahora es el hambre o el instinto de supervivencia los que le exhorcizan de aquel espejismo para devolverlo de una patada en el trasero a la realidad. A esa protagonista. A esta actualidad. A esta mierda.

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Pero no piensen que esta pieza se trata de una nueva obra panfletaria de esas que subvencionan los de siempre. ¡Qué va!. Sexpearemente nos introduce en esta mierda llamando mierda a su propio espectáculo, llamando peluquería a la mentira y pollones a las personas. Rulo y Santiago pelean con las palabras, tejiendo un texto ágil y divertido, coqueteando con los tópicos como tiene que hacerse, lejos de los convencionalismos y enmarcados en la sencillez y la frugalidad de una escenografía no menos recortada que la propia realidad.

Necesitamos cosas como ésta en la escena.

Zäpp Amezcua