Soy Lo Peor – CAPÍTULO 3

SHAREShare on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on Pinterest

soylopeorfoto3¿Recordáis que me fui de España huyendo de mi aburrida y mediocre vida? Porque estaba ya harta de ser la fea de la oficina, la novia del socio honorífico de “Salvemos la chinchilla” y sobre todo, de ser la mala de la historia, la que no era capaz de sentir compasión ni por los rumanos ni por la pija de la ex-novia de Arturo, que supuestamente tenía cáncer. Me salió una oportunidad de oro, comenzar una nueva vida en Nueva York, pero durante las primeras semanas en la Gran Manzana, que así es como la llaman, no encontré ni la fama, ni el amor ni la belleza que tantas películas y series de televisión me habían prometido desde mi más tierna adolescencia. A todo esto, no entiendo por qué se dice “tierna adolescencia”…Mi adolescencia fue lo más parecido a vivir en el infierno, pero eso mejor os lo cuento otro día, o en la segunda parte de la novela si es que ésta tiene éxito. No es mala idea escribir una precuela a mis aventuras, para nada. Pero centrémonos, yo os quería contar lo importante, lo que pasó después de que un taxista me confundiera con una travesti y me llevara a un bar de “encuentros” en el que, valga la redundancia, me “encontré” al lado de Henry, el novio de mi madre y mi jefe para más inri, jugando con el enorme instrumento que entre las piernas tenía una negra con pelo a lo afro. Estuve a punto de preguntarle qué cuidados necesita un pelazo tan espectacular, pero no era el momento ni el lugar.

CAPÍTULO TRES: ¡TEORÍA DEL ANTISECRETO!

-¡OFELIA!

-¡Henry! ¿Qué haces chupándosela a…- entonces mis ojos sí que vieron clara la escena.- …a una negra con polla?

Tras el aturdimiento inicial se sucedieron varios disparos y una serie de gritos. El cowboy maduro dijo algo, y a pesar de que lo dijo en inglés, supe que la cosa se había puesto muy chunga. Henry dio un empujón a su amiguita de color.

-¡Tenemos que salir de aquí, es la policía!

-¿La policía? ¿Qué  busca la policía en un bar de gays?

-Ofelia, créeme, yo no soy gay.

En ese momento, el cuarto oscuro se iluminó y entró una patrulla de policía en plena redada. Buscaban en el  “The saggy sausage” drogas y prostitutas. Y me encontraron a mí, con más pintura en la cara que el mural de la Capilla Sixtina y con un escote que poco tenía que envidiar al de las putas de verdad. Pusieron a Henry y al cowboy maduro, que no paraban de hacerse miraditas, contra la pared. A la negra la cachearon y cuando vieron que era simpática y que se parecía a la de las Spice Girls, la dejaron ir dándole una palmadita en el culo como reprimenda. Y a mí, a mí directamente me esposaron. Intenté decirles que yo no era lo que parecía, que tan sólo me había pasado un poco con la silicona porque en estos casos, y más siendo fea, es mejor que sobre que que falte. Que quizás el modelito era muy de ir a la caza del hombre, pero que me entendieran, que mi novio se había rapado y metido a budista, que lo había visto mi madre con sus propios ojos, y que mi madre nunca mentía. Que yo era una mujer despechada pero decente. Que yo no cobraba por mamarla, que cuando me enamoraba lo hacía gratis porque me salía del corazón. Intenté decirles todo eso pero fue en balde porque ya sabéis que mi nivel de inglés es un nivel 1, y bastante malo, del nivel 1 de Muzzy. Me sacaron del desolado “The saggy sausage”, que tan sólo minutos antes había vivido tiempos mejores. En la parte trasera de un coche de patrulla, fui llorando mientras las luces de Nueva York se burlaban de mí. Eran las luces más feas del mundo.

El calabozo era una habitación cuadrada y oscura, de barrotes herrumbrosos y fríos al tacto. En un camastro había una mujer vieja, arrugada y de piel oscura. Llevaba un pañuelo de lunares en la cabeza, un vestido de volantes y grandes aros dorados en las orejas; no sabía que hasta en Nueva York había gitanas. El policía dijo algo cuando cerró el portón tras de mí. La gitana levantó la vista y para mi sorpresa, me habló en español.

-Mijita, siéntate a mi lado. Va a ser una noche muy larga. Es tu primera vez, ¿verdad?

-Yo no soy prostituta, señora, se lo juro

-No jures, mijita, que eso ofende a los espíritus…Veo en tus ojos que has llorado. No merece la pena. Él no te quiere.

Me quedé callada. Lo que me faltaba es que una gitana mexicana quisiera leerme la palma de la mano y me viera obligada a darle algo a cambio, mis zapatos de tacón del Lefties o mis pulseras de Claire’s. La gitana no se dio por vencida y continuó.

-A él le importan más las focas que su propia novia. Eso no es bueno.

Y en aquel momento, supe que las videntes existen y que hay gente que lee el futuro y ve espíritus y que tienen un don especial. ¿Porque cómo si no hubiera sido capaz de saber aquello? Tan falta de cariño como yo estaba, agarré a la gitana y la abracé con fuerza.

-Estoy muerta de miedo. Esta ciudad es demasiado grande para mí y todo lo malo me pasa a mí.

La gitana me acarició el pelo, me recordó a la forma en que mi madre lo hacía cuando de pequeña, yo lloraba porque mi padre estaba a punto de regresar del trabajo, como solía hacerlo, borracho, de mal humor y con la mano suelta.

-Calma, mijita, calma.

Contuve las lágrimas y la miré a los ojos intentando sonreír.

-Me llamo Ofelia- dije.

-A mí me llaman La Topacio.

-¿La Topacio?

-Sí, porque cuando conozco a un hombre, me ciega el amor. Y cuando una está ciega los hombres, que son chulos por naturaleza, se aprovechan todo lo que pueden.

En ese momento, sonreí y asentí con la cabeza porque no entendí la broma ni el por qué del apodo de mi nueva amiga.

-¿A ti te pusieron Ofelia por Hamlet?

-No, por mi abuela- respondí yo.

-¿Y dices que todo te va mal en Nueva York, chavita?

Asentí de nuevo, no hacían falta las palabras cuando el rimmel corrido, los labios despintados y los pelos revueltos hablaban por sí solos.

-¿Conoces “El secreto”?

-¿Qué secreto?

-Un libro que se llama “El secreto”, mijita.

-Ah, sí…

Claro que lo conocía. Una chiflada de mi antigua oficina se había leído el libro. Va del rollo ese de que has de escuchar lo que te dice el universo, ser superpositiva y visualizar tu superfuturo. La muy gilipollas acabó casada con el tío más feo que encontró, preñada de gemelos y dejando el trabajo para meterse de lleno en el apasionante mundo de las amas de casa. Y todo porque se lo había dicho el universo, hay que joderse.

-No creo en esas cosas- le respondí.

-Ni falta que hace, es todo mentira- dijo para mi sorpresa Topacio.

-¿Sabes que hace falta para que las cosas no te vayan mal?- me preguntó.

-¿Qué?

-Que les vayan mal a los demás antes que a ti. Así se reparte la positividad en el mundo, y ya se sabe que quien parte y reparte se lleva la mejor parte.

-No lo entiendo.

-Cuando “El secreto” no funciona, vete al lado oscuro. Pásate al “ANTISECRETO”. No seas lo peor… SÉ LA PEOR.

Mis ojos brillaron gracias al conocimiento de aquella gran verdad que había ignorado durante toda mi vida. ¡Era tan obvio! Si yo era desgraciada era debido a que los demás me robaban la buena energía. ¡Bastardos! Había llegado la hora, Antisecreto en mano, de recuperar lo que era mío, mi dignidad, mi honor, mi puesto en la sociedad, un buen puesto de trabajo, un mejor novio, con un buen pollón y una visa oro.

-¡Topacio, creo que tienes razón!- exclamé.

-Anda, duerme un poco. Cuando despiertes no estaré aquí, pero nos volveremos a ver y me contarás qué tal te ha ido con el Antisecreto.

Dicho y hecho, la muy bruja acertaba en todo. Me quedé frita en el camastro. De lo que no me había avisado es que al despertar, no tendría ni los tacones ni las pulseras. Qué puta era Topacio, pero de eso se trataba, de putear a los demás para ir en pos de la felicidad. Sería la última vez que me tomaran el pelo. Salí de aquel calabozo totalmente dispuesta a incumplir todas las normas, a meter cizaña, a romper matrimonios y a invocar al diablo si hacía falta. Dejaría un rastro de llanto y desesperación a mi paso, y me alimentaría de la buena suerte de todos aquellos que se atrevieran a interponerse en mi camino. De repente comprendí muchas cosas, cómo grandes mujeres que yo siempre he admirado, como Madonna, Isabel Gemio o Cayetana Guillén Cuervo, han llegado hasta donde han llegado: siendo malas. Siendo las más malas. El policía del turno de mañana se acercó a la celda. Era un morenazo impresionante de labios carnosos y ojos verdes.

-¿Habla español, señorita?- me preguntó.

-¡Gracias a Dios! ¡Pensaba que nunca iba a encontrar a un paisano! Me han tenido toda la noche aquí, me han confudido por una fulana, ¿puedes creerlo?

El poli me miró de arriba a abajo y esbozó media sonrisa tremendamente picarona. Sí, en lugar de escuchar mi defensa estaba mirándome las tetas.

-Pueden llamar a mi jefe, Henry Smith, de Actifusión.

-¿Actifusión? Mi novia trabaja ahí.

Vaya, como siempre, cuando un tío está bueno está pillado o es maricón.

-¿Tienes novia? Qué pena- le dije. Desde luego, y haciendo caso a las enseñanzas de la vieja gitana, no me iba a quedar callada. Si le tenía que quitar el chulazo a otra y así encontrar el amor verdadero, lo haría de buen grado.

-Sí…bueno…- dudó él mientras yo me ponía las tetas en su sitio, intentando que no se me salieran del minúsculo vestido en el que me había embutido la noche anterior-. Pero si quieres tomar algo, te puedo dejar mi número.

-Sácame primero de aquí, que con tanta reja tengo la libido por los suelos. Y luego ya hablamos.

-Eso está hecho, guapa.

¡Funcionaba! Aún no le había destrozado la vida a nadie (simplemente había pensado en levantarle el novio a otra) y las cosas habían empezado a mejorar. No quería ni pensar en lo maravilloso que sería todo una vez que comenzara a reventar, uno a uno, los diez mandamientos.

Llegué al hotel en coche patrulla y con el número de teléfono de Denis, el policía, en el bolsillo. Me di una ducha, me peiné, maquillé (más discretamente que la noche anterior) y me puse el traje de ejecutiva que mamá me había regalado (porque las madres son así) y que no había estrenado por no parecer una mamarracha en la oficina. Salí al pasillo. Comenzaba la cacería del karma. Del karma de los demás. Me dirigí a la habitación de Henry. Teníamos mucho de lo que hablar.

-¿Henry?- dije unos segundos después de llamar y no recibir respuesta alguna-. ¿Estás ahí?

Empujé levemente y para mi sorpresa, la puerta cedió. A día de hoy, aún se recuerdo con terror aquella imagen que se clavó en mis retinas. Nunca había visto nada igual.

-¡HENRY!- grité.

Pero Henry, no contestó.

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¿Cómo continuará la historia?

A. ¡Han asesinado a Henry y la señora de la limpieza acusa a Ofelia!
B. ¡Henry está desnudo, atado y amordazado a la cama! ¡Es la oportunidad perfecta para hacerle chantaje!

C. Da igual como esté Henry, lo importante es que Ofelia llame al policía buenorro y se lo zumbe.
D. Ofelia no debería ser mala y hablar con el universo.

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