Soy Lo Peor – CAPÍTULO 5

SHAREShare on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on Pinterest

antoniamagazine-soylopeor-cap5Me abracé a su cálido cuerpo, acurrucándome como una gata en la curva de su espalda. Los primeros rayos de sol entraban por la ventana y me alentaban a abrir los ojos, pero yo no quería, quería permanecer un rato más en aquel estado de placer infinito. Él murmulló algo que no comprendí desde su sueño; apreté un poco más mi abrazo, para hacerle sentir que desde el mundo real yo lo cuidaba y aliviaba sus pesadillas. Aún tenía el sabor de sus besos en mi boca, cierto regusto a vino y a tabaco y un ligero mareo en las sienes. Había sido una noche inolvidable a pesar de que no conseguía recordar muy bien más allá del segundo plato. Abrí los ojos lentamente y besé  la cabellera de mi amante. Ahogué un grito provocado por la sorpresa al comprobar que aquellos no eran los ricillos oscuros y tercos de Denis, sino unas greñas rubias salpicadas de mechas azules por aquí y por allá. El grito no fue lo suficientemente débil y el chico despertó. Se dio media vuelta y me dio un beso en los labios.

-Good morning, my love- me dijo.

No era el momento ni el lugar para intentar establecer una conversación en inglés con aquel desconocido. Dignamente, me puse en pie. Miré a mi alrededor, las montañas de ropa tiradas por el suelo, los posters de esas niñas del Disney Channel que visten como putas, el monopatín en un rincón. Recogí mis  bragas del suelo sin hacer caso al rollo que me estaba soltando el chaval. Mientras me ponía la blusa, le sonó el móvil. Conocía ese tono de móvil, era esa canción de Justin Bieber. ¿Quién no la conoce? “Pero no todo el mundo la lleva de tono de llamada” pensé. Una vez vestida, sin mirar atrás, diciendo “Bye, bye” con la mano, salí de aquella habitación maloliente. Nadie tenía por qué enterarse de aquello.

-Ofelia…- me dije a mí misma, muy bajito para que la cabeza no me siguiera dando vueltas-. Eres lo peor.

CAPÍTULO CINCO: FEMME FATALE SEX MACHINE

Así que, queridas lectoras y en cierta manera confesoras, llegué medio borracha a mi segundo día como jefa de departamento, tras haber mantenido relaciones sexuales, con un chico de, digamos que dieciocho años.

-Buenos días, Ofelia- me dijo Martin nada más entrar por la puerta, con su maravillosa sonrisa llena de dientecillos de ratón y esos ojitos azules de no haber roto un plato en su vida.

Gruñí algo parecido a un saludo pero que acabó por parecer un erupto.

-Déjame que te prepare un café. Por lo que veo ha tenido una noche ocupada.

-Mucho- murmuré.

-¿Preparando los informes?- me preguntó mientras ponía en marcha la Nespresso del departamento.

No me dio tiempo a responderle que no, que lo que había estado haciendo era eses por las aceras de Nueva York para acabar en la cama de un adolescente con mechas azules y fotos de Selena Gómez en la pared, porque en aquel momento, recibí una ostia en la cara. Pero un pedazo de ostia. De las que se dan con el puño cerrado. Vi las estrellas, literalmente. Puntitos de luz giraban sobre sí mismos y al mismo tiempo, alrededor de mis retinas. Cuando fijé la mirada, vi a Savannah frente a mí, mordiéndose el labio, temblando levemente, esperando un golpe por respuesta. Pero yo no se lo di.

-Martin. Hazme el favor de decirle que está despedida.

De manera que aquella mañana infernal continuó de aquella manera tan agresiva, yo recibiendo un golpe de parte de una novia celosa y teniendo que despedirla, pues esa era mi función en la empresa, poner orden y no permitir levantamientos ni impuntualidades ni faltas de conducta. Una vez que me había tomado el café, me concedí un momento para reflexionar. ¿Qué coño había pasado la noche anterior? Recordaba la cita con Denis, el tonteo, el vino, el champán, el chupito de anís…¿Pero qué había pasado después? ¿Qué había llevado a Savannah a convertirse en la típica americana loca que llega a su puesto de trabajo con una escopeta y se carga a todo el mundo, incluso a su adorable jefa española? Debía hacer memoria… Cerré los ojos. “Piensa, Ofelia, piensa” me dije. Martin me dijo algo, pero no le hice caso. ¿Acaso no veía que estaba ocupada? Cómo son los hombres, te echan un polvo, o tres, y ya se ven con derecho a interrumpirte en los momentos más íntimos.

-Salud- había dicho Denis alzando su copa. Debían de ser las once y media más o menos, porque yo ya lo veía doble. Doble mirada penetrante, doble sonrisa de galán de cine, doble mandíbula prominente, doble mata de pelo rizada y negra como el azabache. A pesar de que Martin ya me había dado lo mío durante la tarde, comencé a sentir ese cosquilleo que se siente en el interior, y que no son mariposas en el estómago, cuando una tiene ganas de chachachá.

-Qué suerte tiene Savannah de estar con un tío como tú, lo digo en serio. Vamos, dios me libre de faltarle el respeto y de entrometerme en vuestra relación, pero siendo ella tan poquita cosa, tan sosita, vamos, que es mona pero le falta esa gracia que tenemos las españolas, ya sabes… Imagino que echas de menos aquello, ¿no?

-¿España?- me preguntó Denis visiblemente mareado.

-Sí, España y las españolas. ¿O no te acuerdas del anuncio?

-¿Qué anuncio?

-El de la española, que es una.. aceituna como ninguna.

Estallamos en risas. Vale, ya estaba borracha del todo y diciendo gilipolleces.

-¡Ay, no! ¡El anuncio no! ¡La copla, la copla! ¡Que si no te acuerdas de la copla!

-¿Qué copla?

-La de lo que le pasa a la española cuando besa…

-¿Y qué le pasa a la española cuando besa?- me susurró dejando la copa sobre la mesa y acercando sus labios y a los míos.

-Pues… que besa de verdad- le respondí estampándole todos los morros.

Vale, me había besado con Denis. ¿Y después qué? No pude seguir tirando del hilo de mi memoria, esa madeja sucia y con olor a vodka porque Henry, llamándome por mi nombre y tocándome el hombro, me pidió que lo acompañara a su despacho.

-¿Se puede saber qué ha pasado? Savannah ha venido a verme llorando, dice que la has despedido.

-No me lo puedo creer, esa se cree que todo se arregla llorando. Pues claro que la he despedido, me ha pegado. ¡Martin ha sido testigo! Es una neurótica, menos mal que ha sido un puñetazo y no tres o cuatro disparos, si no no lo estaría contando, Henry. Estarías llamando a mi madre para explicarle…todo.

-Por cierto, ¿le has contado a tu madre lo del ascenso?

-No, aún no. No se va a tragar lo de que me has ascendido por mis cualidades, ella me conoce y sabe lo inútil que soy. Tendré que pensar algo mejor, como que sortearon el puesto entre todos los empleados o algo así. Ya veremos. Volviendo al tema, no sé cómo han podido tener a esa chica tan violenta durante tanto tiempo en nómina. Claro, luego pasa lo que pasa, vienen las desgracias y…

-Relájate, Ofelia. Savannah me lo ha contado todo. Te daré un consejo, no es bueno traer los problemas personales al trabajo.

-Eso díselo a ella, si  yo no tengo ningún problema con nadie. Mi lema como jefa del departamento es “Ante todo, asertividad”.

-Me parece muy bien, pero no es lo que tengo entendido. Savannah afirma que te acuestas con su novio.

-Esa tía está loca, tú ni caso.

Quizás Savannah no estuviese tan desencaminada después de todo. En ese momento, recordé el polvo en el baño del bar al que fuimos tras la cena, como un chiste que te han contado durante una borrachera y recuerdas quince horas después. No pude evitar reírme. Yo le había dicho a Denis lo cachonda que me estaba poniendo y él se hizo el interesante, diciendo, sin dejar de mirarme el escote, que ojalá estuviese soltero para poder satisfacer mis necesidades.

-Hay culturas en las que la infidelidad no está tan mal vista… Es cuestión de perspectiva. Dicen que hay una tribu en la que follan en público pero comer, comen encerrados en sus cuartos. Les da corte que los vean meterse comida en… la boca- susurré sujetando entre mis dedos la aceituna de mi enésimo martini-. Comerme esta aceitunita en este momento sería más fuerte para ellos que si me hiciera un dedo aquí, sobre la barra.

Denis comenzó a toser, atragantándose con el último trago de cerveza. Una vez que se le pasó el ataque, asintió con la cabeza varias veces, me miró como si fuera diabético y yo estuviese hecha de gominolas, y me agarró de la cintura.

-Vamos. Creo que lo que te quiero hacer no estaría bien visto al menos en nuestra sociedad.

Las que piensen que soy fácil por ponerme a cuatro patas en el baño de un bar son estúpidas, y un poco estrechas. ¿No entendéis que era el Antisecreto lo que me estaba llevando hasta alli? Mientras follábamos, saqué disimuladamente mi móvil e hice una llamada. En alguna fría y oscura habitación, en algún triste edificio de apartamentos de Nueva York, Savannah descolgó su teléfono, alarmada porque su jefa la llamaba a altas horas de la madrugada. Pero al otro lado de la línea, no era su jefa la que hablaba, era Denis, gimiendo, diciendo obscenidades en español, las mismas obscenidades que solía decirle a ella al principio, cuando todo iba bien, cuando ardía la pasión.

-¿Acaso vas a quitarme autoridad, Henry? Si vuelves a admitir a esa loca, las demás me van a tomar por el pito del sereno. Tienen que enterarse de que aquí quien manda soy yo.

-Pero es que aquí quien manda soy yo, Ofelia.

-Eso era antes de nuestro encuentro en el hotel, Henry. Escúchame, todo va bien así, hazme caso.

-Savannah es una gran profesional, tenía una carrera brillante ante sí.

-Bueno, pues ahora está en la cola del paro porque ha tenido la mala suerte de pegarle a quien no debía. ¿O es que te parece que la violencia se puede justificar?

-No, eso nunca.

-Por supuesto que no. Si justificamos la violencia, justificamos la pena de muerte. Y eso es lo que nos diferencia a nosotros, europeos y racionales de ELLOS.

Henry asintió con la cabeza y me dijo que ya podía salir del despacho, que tuviera una buena mañana. Si se me hubiera dado tan bien darle la vuelta a la tortilla en mi relación con Arturo como en el mundo de los negocios, otro gallo hubiese cantado. ¿Me darían el premio a manipuladora del año? Me escocía la entrepierna, fui al botiquín de la tercera planta a ver si había alguna cremita de aloe vera o algo por el estilo, pero no tuve suerte, sólo tenían paracetamoles y tiritas. De regreso a mi puesto de trabajo, me encontré a Martin en el ascensor. En cuanto se cerraron las puertas, se abalanzó sobre mí como una bestia en celo.

-¡Martin, para! ¡Aquí no!- le pedí por el amor de Dios.

Pero para ser sincera, a mí en cuanto me muerden en el cuello o me chupan el lóbulo de la oreja (de cualquiera de las dos orejas) me rindo, se me baja la tensión y me dejo hacer. Martin paró el ascensor y yo, deleitándome por cada segundo que pasaba de mi nueva vida como mito erótico internacional, le bajé la cremallera del pantalón. Algunos minutos después, salí como si no hubiera pasado nada, limpiándome la comisura de los labios con la punta de la lengua. Debía de ser aquello lo que sentían los vampiros cuando dejaban atrás una víctima a la que le habían succionado hasta la última gota y entendí la continua adicción, ansia y tormento que ello provoca.

Hice recuento de los polvos que había echado en las últimas veinticuatro horas: Martin, Denis, después Martin otra vez…Bien, me quedaba uno, que yo supiera, por recordar. ¿Qué había pasado con el adolescente? Miré el registro de llamadas de la noche anterior, por si alguna me pudiera dar alguna pista. Tenía la que yo le había hecho a Savannah desde el baño del bar, pero lo curioso es que poco después, tenía un mensaje de voz… Y era de Martin. “Quiero volver a tenerte entre mis piernas, mi española caliente. Me tienes muy cachondo, daría lo que fuera por que vinieras esta noche a mi cama…”

-Creo que es demasiado tarde, debería regresar a mi hotel.

Miré a Denis, ya había obtenido de él todo lo que me podía ofrecer.

-Yo te llevo, guapetona.

-No hace falta- le dije subiéndome las bragas. Empezaba a cansarme tanto subirlas y bajarlas, tendría que barajar seriamente la posibilidad de ir sin ropa interior por la vida. Lo dejé en el baño, para que hiciera algo de tiempo y no pareciese lo que en realidad era y nos acabaran deteniendo por follar en un sitio público, como le pasó a George Michael. Mi intención era encontrarme con Martin, que estaba al borde de la combustión espontánea al recordar mis dotes amatorias, pero el destino es caprichoso, queridas lectoras. “El secreto” dice que escuches lo que el universo tiene que decirte. Yo te digo, querida amiga, que escuches lo que te dice tu entrepierna.

-¿Eres actor? ¿No? Pues deberías serlo, guapo…- susurré al oído del adolescente con el que me tropecé al salir del bar. Creo que no me entendió, pero como el lenguaje del amor en universal, acabé despertándome abrazada a su cuerpo.

-Martin- le dije cuando regresó a la oficina- necesito una agenda. Negra, de cuero. No puedo manejar el ajetreo que tengo desde que soy jefa si no tengo una.

Martin fue a por una al departamento de material. Perfecto, así podría organizar mis citas. ¿Porque quién se quiere conformar con un amante o dos pudiendo tener todos los que Nueva York y el Antisecreto estaban dispuestos a ofrecerme?

Antes de la hora de la comida, Henry volvió a requerirme en su despacho. Qué difícil es ser la mano derecha del jefe, os lo aseguro. Me tenía preparada una sorpresa, una de esas sorpresas que cambian el rumbo de los acontecimientos.

-Tengo que sustituir a Savannah, Ofelia, pero no quiero más problemas. Así que he pensado en traer a una persona de España. Alguien con quien te lleves bien, a quien ya conozcas. No quiero problemas personales aquí, dentro como ya te he dicho.

-¿Alguien con quien yo me lleve bien? Déjame que piense, creo que no hay muchas.

-Con ella sí. Ya lo verás, era una de tus compañeras en España. De hecho, fue la encargada de preparar tu fiesta de despedida. Es un encanto.

-¿Elisa?

-No, no me des las gracias. Lo hago por ti, porque quiero que estés a gusto y qué mejor que trabajando codo con codo con una compatriota. Elisa Tortorici ha aceptado el puesto, está encantada de volver a verte.

-¿Elisa Tortorici?

Ante mis ojos pasaron tantas humillaciones sufridas, tanto dolor causado, tantas lágrimas vertidas por su culpa, su constante acoso… Menuda puntería tenía Henry, casi tan mala como su gusto a la hora de elegir vestuario. ¿Quería el Antisecreto que me vengara de Elisa o por el contrario era más seguro mantenerla alejada a unos cuantos de miles de kilómetros de distancia? ¡Menudo dilema! ¿Qué debía hacer?

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¿QUÉ PASARÁ EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

A. Decirle a Henry que Elisa NO puede trabajar en Nueva York, que antes la muerte.
B. Recibir a Elisa con los brazos abiertos y un maquiavélico plan en mente.
C. Abandonar el puesto que tantos quebraderos de cabeza da y buscar un nuevo trabajo.
D. Recibir a Elisa e intentar ser buena amiga, porque tías como esas más vale tenerlas de amigas.

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