Moda y Sexo: una pareja estable y muy enamorada

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Lo verdaderamente interesante de la moda no son las tendencias, ni las marcas, ni ver a los famosos paseando vestidazos por las alfombras. Lo que mola de verdad es ver cómo algo tan aparentemente frívolo, inmediato e inofensivo esconde significados y motivaciones sociales muy poco triviales. Algo que se vende y se comunica como superficial es, a efectos prácticos, mucho más eficaz que aquello que se concibe como serio y profundo desde el primer minuto.

La moda nos habla indirectamente de simulación, de clase o de grupos ideológicos. Es un claro indicio de los cambios históricos y una herramienta para la diferenciación y expresión individuales. El poder, el cánon de belleza imperante, la situación política o incluso eso que llamamos “naturalidad” se plasma de forma inmediata en la moda o las modas de cada época.

Si  hay dos conceptos ligados casi de forma natural al ser humano son el poder y el sexo. El modo de concebirlos cambia con la cultura y la época, pero su importancia social permanece inalterable. Por eso, si algo significa y ha significado la moda desde su nacimiento es poder y sexo:

  • Lo del poder queda bastante claro si tenemos en cuenta que la moda siempre ha sido moda de clase. La aristocracia nunca ha vestido como el pueblo, y siempre han procurado marcar el abismo social que los separaba a través de extraños caprichos indumentarios y leyes suntuarias que prohibían a las clases bajas utilizar ciertos objetos decorativos. Las modas se propagaban con éxito cuando las criadas lograban copiar (de forma austera y en mala calidad) los looks de sus señoras. Y ahora que nos dicen que esa etapa ha quedado superada, los logos simbolizan tanto el poder social que se tiene como lo que se quiere emular.
  • El sexo, sin embargo, es otro tema. Siempre tan oculto que es lo primero que salta la vista, tan prohibido que siempre ha suscitado curiosidad e interés. desde que Adán y Eva se dieron cuenta de su propia desnudez y establecieron la tendencia de la hoja de parra, la moda siempre ha estado ligada al sexo. Porque, quizá, comenzáramos a vestirnos por pudor. Y el pudor es un componente necesario en nuestra concepción del sexo. Si no fuera así, el sexo habría sido considerado una práctica natural desde el principio, y no habría dado lugar a tantas intrigas, novelas, películas y legislaciones.

La moda tapa la vergüenza y al mismo tiempo la despata. La ropa es, entre otras muchas cosas, un reclamo sexual y una eficaz herramienta para el cortejo. Tantos desnudos en la Historia del Arte nos dicen, sin embargo, que las connotaciones morbosas asociadas al denudo no tienen tanto tiempo pero el cuerpo vestido, sin embargo, siempre está asociado con la vergüenza, la lujuria, el pudor y el erotismo. Por eso, lo primero que pensé al intentar escribir sobre este tema fue en la minifalda, pero después me di cuenta de que cada época tiene sus “zonas destapadas” y de que, probablemente, los dobles sentidos y  las dobles botonaduras fueran en ocasiones más sexuales que los cuerpos al fresco.

También pensé, obviamente, en ese engendro llamado Terry Richardson y en Tom (hormona pura) Ford, pero después me di cuenta de que su labor no fue ni más ni menos que la de hacer explícita una máxima que la moda ha tenido en cuenta desde el principio de los tiempos: sex sells.

Así, que, más que hablar de piernas al aire, escotes por el ombligo, editoriales de moda con modelos sin ropa o campañas voyeurs, quizá convenga recordar otros hitos eróticomodistiles, más interesantes por menos explícitos.

Como las nucas despejadas de Balenciaga o los vestidos sin espalda de los años ’20, que la convirtieron en reclamo sexual y en zona erógena. Como el Deplhos de Mariano Fortuny, que descubría o tapaba el cuerpo según la luz del espacio, que fue primero la prenda favorita en las situaciones privadas y después un instrumento de liberación para las más atrevidas. Como el arquetipo femenino que construyó Como Chanel; activo, funcional y consciente de su poder sexual.

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La mujer Chanel no necesitaba pronunciados escotes ni prendas ajustadas para significar liberación e independencia. El atractivo sexual se lo daba la sencillez en época de ornatos artificiales. Como a la Catherine Deneuve de Belle de Jour, abotonada hasta el cuello por Yves Saint Laurent. El diseñador francés veía la perfección en el desnudo (vean, si no , el suyo propio y el de muchos otros para promocionar sus perfumes) y sin embargo el cuerpo desvestido fuera quizá más atractivo pero menos morboso que una mujer con cuello alto o esmoquin.

Entre Chanel e Yves, Dior, que volvió a convertir a la mujer en objeto sexual, en algo “bello” y casi inmóvil, recordándonos que el corsé era la consecuencia de identificar  opresión y atractivo durante muchas décadas. Pero después vino Gaultier, y revertió sus connotaciones sacando esta prenda interior al exterior; lo que antes fue sexual por reprimido ahora lo es por activo y poderoso.

El fetichismo explícito de Helmut Newton y Guy Bourdin se encarna de forma implícita en las suelas rojas de Louboutin y de forma demasiado patente en ciertos fotógrafos (hola, Terry). La vulgaridad deluxe de Versace viste a mujeres que por fin no sienten vergüenza en exponer ni su cuerpo ni su actitud frente al sexo. Pero en la misma época, Yamamoto confesaba que su idea de la sexualidad perfecta era la de una mujer sobria y oscura a la que le costaba trabajo quitarse sus prendas…

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Podría hablar de Meisel y Madonna, de la sexualidad consciente y (a veces) refinada de Tom Ford o de las miles de campañas que han derivado en absurdas polémicas, pero creo que eso que llamamos “Porno chic” no es más que convertir en tendencia algo que siempre ha sido connatural a la moda y que nunca pasa de ídem. La moda es el espejo de las dinámicas sociales y el motor de los deseos individuales. El sexo, individualmente necesario y socialmente complejo, abraza la moda para mostrarse, ocultarse, afirmarse y negarse. Antes, ahora, siempre. Quizá la labor del porno chic haya sido hacer aflorar a la superficie algo que ha estado latente durante siglos, pero mola más ver cómo el sexo importa en cada cuello abotonado, cada leotardo opaco o cada falda larga.

Leticia García

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