Una sevillana en París. Día 2: entre el turisteo y la sofisticación

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Segundo día

Un consejo: las parisinas son estilosas y elegantes, porque se arreglan, no se disfrazan de prostituta de alto standing. Así que aparca los incómodos louboutines: allí no se los ponen ni las más horterasDispuesta a llevar a cabo mi propósito de tomarme mi tiempo para “producirme” antes de salir a la calle, escogí un estilismo cómodo para poder caminar todo el día pero que no pareciera que estaba haciendo el camino de Santiago. Dispuse la parafernalia frente al tocador y me tomé mi tiempo para ponerme guapa. Un pañuelo de seda en la cabeza para cubrirme si hacía sol o anudarme al cuello si refrescaba, mi chico del brazo y a la calle a desayunar. En Au General de Lafayette (frente al hotel) nos tomamos un café riquísimo, los croissants de rigor, y un zumo de naranja (de UNA naranja) enano por el que nos clavaron 5 euros por cabeza. En París cuando pides café, croissant y zumo te ponen al lado una jarrita con agua, pero sin vaso, por lo que no supe averiguar si el agua era para después del zumo (¿por qué no ponen otro vaso entonces?), para aguar el zumo o para qué. Si alguien lo sabe, por favor que me lo diga, porque para mí es un misterio sin resolver. Seré muy paleta, pero es la primera vez que lo veo.

¿Montmartre o Marais? Elegimos Montmartre y luego ya veríamos. Callejeando cuesta arriba (muy cuesta arriba) llegamos a la parada del elevador. No pensaba subir más cuestas, de momento, así que utilizamos ese útil pase de transportes de turista que adquirimos en el aeropuerto, antes de pillar el bus desde el aeropuerto. Desde arriba te das cuenta de la inmensidad de París, y eso que nos pilló un día nublado.

Montmartre tiene un aire a Alfama, en Lisboa, por lo empinado de sus calles y por lo recoleto. Paseando arriba y abajo descubres rincones muy chulos (mini jardines, la viña que está dentro del Museo Montmartre, el cementerio), te suenan algunos nombres de garitos históricos (Le Lapin Agile), te topas con 74658346583476 grupitos de turistas de todas las nacionalidades, con 5675734756 pintores callejeros que te asaltan como las gitanas que te quieren vender romero en los alrededores de la catedral de Sevilla, y con muchas muchísimas tiendas de souvenirs y cuadros. Bueno, es lo normal. Intenté comprar la horterada más típica que podía: una bola de nieve con la torre Eiffel, pero ¿os podéis creer que no encontré NI UNA que no estuviera torcida dentro de la bola? La Tour Eiffel, no la Torre de Pisa. A ver si nos centramos un poco, que se nos va, chavales.

Regresamos al hotel para dejar las bolsas con los souvenirs para la familia (esta tarea cuanto antes te las quites de encima, mejor), y pensamos dónde íbamos a comer. En el hotel nos dieron una guía muy mona con algunas direcciones interesantes. Decidimos bajar hasta la zona del Palais Royal, al barrio japonés. Me gusta tanto la comida japonesa que seguro que alguno de los restaurantes recomendados por el hotel estaría bien.

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Un dato: es curioso la cantidad de sitios donde ves a los parisinos haciendo cola para comprar, para comer, para tomarse una copa. Si algo les gusta no les importa esperarEl barrio japonés, qué nombre tan bien puesto. No he visto más restaurantes japoneses juntos en mi vida, y todos llenos hasta arriba. En algunos había incluso cola de espera en la entrada, pues eran tan pequeños que no podías esperar dentro. Teníamos una alternativa, que estaba muy cerca, el Macéo. La referencia: que era bueno… y caro. Lo que me preocupaba es que no nos dejaran pasar, porque se exigiera una indumentaria más formal que la que llevábamos. Elegantes y educados en extremo, nos pasaron a un precioso y cuidado comedor, en el que había ya algunos comensales que, como me imaginaba, eran una serie de dominiques strauss kahn y señoras arregladísimas. Dentro de la carta había 3 menús, además de los platos usuales de la carta, desde los 35 euros hasta los 45 (bebida aparte, claro), con una pinta excelente. Ñammmm. Pero había que escoger el vino. A ver, ese curso de cata to guapo que habíamos hecho el día anterior si nos servía para algo. Pues no mucho, porque en España (aparte del nombre de la bodega) consta la denominación de origen del vino (Ribera del Duero, Rioja, Somontano, Priorat…), pero en Francia no. Aquí los vinos se reconocen por la bodega, y como no andes muy puesto estás bastante perdido, porque hasta que no llega la botella a la mesa no sabes de dónde pelotas es. Así que escogí uno que me pareció, a boleo, que resultó ser de la zona de Medoc, junto a Burdeos, y estaba bien rico. Prueba superada. La comida excelente, la presentación perfecta. Pero lo mejor era el espectáculo de la clientela. Ahí había PASTA, antonias, con mayúsculas. No sé si disfruté más con la comida que con la vista. Me encantó. Y la cuenta tampoco fué una exageración. He comido en sitios mucho peores aquí y ha salido más caro. Los cochazos con cristales tintados y los chófers esperando en los alrededores confirmaron nuestras sospechas de que habíamos comido con el dinero de París.

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Fuimos dando un paseo, atravesando el Palais Royal, en dirección al Louvre. Nuestra intención no era ni mucho menos entrar al museo. Al comprobar la inmensidad de semejante almacén de arte, calculé que se necesitarían días enteros tan sólo para ver una pequeña parte. En conclusión, antonia, preferimos pasear.

Mi intención era subir a la Tour Eiffel, como buena paleta que ya que va a París quiere cumplir todos los tópicos. Pero desde el Louvre hasta la torre hay un buen trecho caminando, atravesando Las Tullerías y más más, mucho más. Cuánto me alegré de llevar unas cómodas botas altas. Cruzamos a la Rive Gauche, aún decidiendo si nuestro empeño en llegar paseando hasta la torre tropezaría con el cansancio que ya empezaba a hacer mella en nuestras desacostumbradas piernas. Pero soy una cabezota, y cuando me propongo algo, lo hago.

Si quieres subir a la Torre Eiffel ya puedes madrugar o armarte de paciencia y esperar la inmensa cola en las taquillasLa Tour Eiffel. ¡Qué bonita, qué grande, y qué típica la pedazo de cola para subir!. No pensaba perder dos horas esperando, cuando aún nos quedaban tantas cosas por ver. Así que cambiarmos un tópico por otro: el barco por el Sena. En esta orilla no paraban los famosos y gigantescos bateau mouches, sino otros más apañados llamados “bateau bus”. Merece la pena ver París desde esta perspectiva, y quedarte muerta en la bañera de los áticos, terrazas y enormes dúplex que se ven tanto en una orilla como en la otra. ¡Ay, qué pena no ser rica como la Bruni!

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El barco daba la vuelta completa hasta el lugar de origen, pero decidimos aprovechar y bajarnos en Hotel de Ville, el Ayuntamiento, y la antesala de Le Marais, el barrio más de moda, animado y gay de París. Con lo que me gusta el ambiente gayer… Un barrio repleto de tiendas de moda, de joyerías, de ropa de segunda mano, de terrazas abarrotadas. Si te gusta sentarte a contemplar el ambiente (nunca mejor dicho), la Rue des Archives es el sitio ideal. En una de sus terrazas y mojito en mano te sentirás una más. Aquí también observarás como el personal hace cola para poder entrar en su garito preferido. De verdad que me alucina tanta paciencia.

Teníamos que volver al hotel a descansar un poco, porque esa noche teníamos una cita con el Club Silencio. Nos habían invitado a conocerlo y escribir una reseña sobre el local y, claro, aunque esto fuera un viaje de placer, en ANTONIA nos debemos a nuestras lectoras, y si hay que hacer un esfuerzo, e ir al club más exclusivo de París, donde no puedes entrar si no eres socio o un invitado de uno de ellos… pues habrá que sacrificarse ¿no?.

Siesta reparadora, sesión de chapa y pintura y nuevamente a la rue, en este caso la Rue Montmartre, que es donde se encuentra el Club Silencio.

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En la discretísima puerta nos esperaban dos imponentes porteros, impecablemente vestidos de negro de pies a cabeza (que siendo de piel oscura aún los hacía más imponentes), que en ese momento les explicaban a tres turistas italianos que no era una discoteca, que no podían pagar la entrada y que no iban a pasar de ninguna de las maneras (“je suis desolé, monsieur…”). Amables, pero inflexibles, así que internamente recé porque no hubiera ningún error/problema y estuviéramos en esa reducida lista que aparecía en su iPad (un iPad, nada de listas cutres escritas a boli en el último momento). “Bienvenida, señora Barbas, pueden pasar, que disfruten esta noche”. Bueno, menos mal.

El Club Silencio está inspirado en el que aparece en Mullholland Drive, e incluso ha sido diseñado por él y sus propietarios Un lugar oscuro. Unas escaleras nos conducían a un sótano, y en medio de ellas nos encontramos con uno de esos personajes de las pelis de David Lynch, que caminaba hacia atrás como a cámara lenta. Un buen golpe de efecto… si estas cosas te impresionan. El local es pasada en cuestión de diseño. Con diferentes ambientes, muchas pequeñas zonas, de techos bajos e iluminación indirecta, casi nula en algunos momentos. Y un espacio ex-profeso para fumadores: un extraño jardín interior, encerrado en unas cristaleras transparentes desde donde se puede ver el resto del local.

Al ser un local tan exclusivo había público, pero no creo que estuviéramos más de 30/40 personas dentro. Aún era temprano, porque a partir de las 12 de la noche es cuando se permite la entrada a los invitados de los socios. Antes sólo pueden acceder socios o invitados del local (como nosotros, ña ña ña ña ña ña).

Llegamos justo a tiempo para disfrutar de una actuación en directo, que incluía también toda la atmósfera de las pelis de Lynch: telón rojo en el escenario, humo ambiental que iba cambiando de color durante la actuación. Algunas sillas dispersas. El público más cercano al escenario fué de lo más respetuoso, aunque seguridad tuvo que llamar la atención de una chica que estaba grabando la actuación con su móvil. Porque, no sé si lo he explicado, en el club están prohibidas las fotos. Los socios no quieren ser molestados, pues entre su clientela se encuentran personajes como Oliver Zahm o Vicent Cassel.

Pero a pesar del estilazo y la exclusividad del sitio, tengo varios peros: el primero, que esos socios tan sofisticados que no estaban en primera fila no paraban de gritar y montar follón durante la actuación, como una panda de adolescentes borrachos. Muy mal, un poco de educación, queridos. El segundo, el precio de las copas: un combinado podía costar a partir de 35 euros, una cerveza o una copa de champán a partir de 15 (esto es más razonable). Casi todo el mundo tenía una copa de champán en la mano, y ahora me explico por qué: no es charme, es economía. Y un tercero: en casi todos los baños de París hay una amable señora que mantiene limpios los aseos. Lo habitual es darle una propina al salir. Aquí también la había, también impecablemente vestida de negro, como el resto del personal, pero los baños estaban sucios, con papeles, y la suela de los zapatos se te pegaba en el suelo. Lo siento, pero salí sin dejar propina, a pesar de la mirada asesina de la señora.

Agotados como estábamos de patrullar por París, nos volvimos al hotel, pillamos una pizza de camino y nos fuimos a la cama, que aún nos quedaba muchísimo por ver.

DIRECCIONES:

au general lafayette imgfrontpage imgfrontpage CLUB SILENCIO

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