Lourdes, por Javier Ubieta

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Lourdes.

Que los contrarios se atraen es, más allá de la teoría de las líneas magnéticas, una cuestión de experiencia. Y, casi siempre por desgracia, el vigor de la atracción entre opuestos suele ser imbatible, irremediable y asolador. El hecho es que, aprender a allanar con destreza las grietas que produce la mixtura de estas fuerzas, es un postulado que debe aceptarse, un acto de fe casual e imprescindible para resolver las ecuaciones más complejas de la vida y, aun no creyendo demasiado en la suerte, asumir con perspicacia su inevitable intervención, es una aptitud que poco tiene que ver con el esfuerzo de intentar demostrarlo.


Tan pronto como decidí que elegiría a mi madre como musa personal, supe que debería desoír los conceptos de idealidad y romanticismo y aproximarme a la vertiente más terrenal de la inspiración para poder contar -enfático y orgulloso- las cualidades de alguien que siempre supo cómo oponerse a la violencia de esas fuerzas contrarias. Algunas veces, consiguiendo ganar indemne la batalla; otras, soportando las huellas de la inquietud, apoyando firmemente sus pies en el suelo para no perder el equilibrio en el remonte. Eso sí, calzada siempre sobre sus tacones.

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1944. El mismo año en que Marilyn Monroe contrae matrimonio por primera vez, en Francia las mujeres consiguen el sufragio femenino y en España se crea el Documento Nacional de Identidad, nace, el 29 de Octubre, en el hostil seno de una familia de moral esquiva, severa y sufridora de las penurias de la escasez, María Lourdes Eloína Carballo Hidalgo. Un bebé que adopta los apellidos de su madre porque ésta oculta la identidad del padre como un misterioso y vergonzante secreto que no hace sino alimentar el rechazo hacia una niña que adquiere el hábito de llorar cuando nadie la ve, casi antes de aprender a escribir.


Lourdes crece sabiendo cómo desenvolverse en este escenario social de posguerra y se refugia en el amor que le profesa su abuela, Consuelo, a quien considera su madre. Gracias a ella, halla su sitio dentro de la rabia, la intolerancia y la desproporción de las ofensas, y entrena la capacidad de convertir en magníficas las cosas más banales, dibujándose a sí misma como una niña especialmente inteligente, aplicada, perfeccionista y sensible. Se interesa por todo y a todos interesa. 
La adolescencia la convierte en centro de envidias por su carisma y su guapura, y considera que sus mejores aliados son las hojas de los libros y los periódicos y el profundo cariño de sus maestros. Pero sus estudios se truncan cuando, de la noche a la mañana, ve cómo uno de sus tíos y su esposa se van a hacer fortuna a París, dejando a cinco hijos -la menor, recién nacida- al cuidado de nadie. Lourdes, entonces, decide hacerse cargo de ellos y tomar las riendas de su crianza.

Cumplida la mayoría de edad, emigra a Bilbao con su madre y saca adelante a cinco niños como cinco soles que la llaman siempre “mamá”. Lucha contra viento y marea por darles -sola- la mejor educación, dedicándoles casi ocho años de su vida (como una madre soltera). La generosidad sin límites y el esfuerzo con el que se ocupa de ellos impresionan casi tanto como la falta de gratitud y principios con la que luego sus padres, al regreso, los maleducan. Pero ésta es otra historia, la del poder corruptor del dinero.


En su afán por conseguir una vida mejor, sigue preparándose y aprendiendo, y continúa cosechando envidias solo por ser una mujer adelantada a su tiempo, autosuficiente e independiente. Después de tres noviazgos, del autodidactismo que nunca abandona y de mucha experiencia adquirida en distintos talleres de costura, conoce a mi padre. En 1972 se casa con él. En 1973 nazco yo. Una negligencia médica durante el parto hace que casi pierda la vida engangrenada. Su recuperación se alarga más de un año.
 

Los primeros recuerdos que tengo de mi madre son fascinantes: íbamos de paseo al “parque de los patos“, me columpiaba, nos sacábamos fotos, comprábamos bizcochos de soletilla en Arrese, solíamos inventar canciones, me obsequiaba por sorpresa con cuentos infantiles que aún conservo, me contaba historias interminables sentada en mi cama hasta que el sueño me vencía, y los domingos cocinaba platos especialmente elaborados y sabrosos.  Mi padre siempre se ocupó más de su trabajo en la empresa y de su afición por los animales, y cuidaba de su vaquería casi todo el tiempo que le quedaba libre. En Navidad y los días de nuestros cumpleaños, hacíamos fiestas en casa. Mamá siempre se ocupaba de que no faltara nada ni nadie. Eran pocos los días especiales.


Me inculcó los valores que ella misma supo construir para sí y a aplicarlos con ahínco y me recordaba constantemente que la recompensa siempre llega tras el esfuerzo. Ella hizo que yo fuera un excelente estudiante y contribuyó a que, con los años, tomara conciencia de que la categoría humana no se adquiere a través de la materia, sino que es el resultado de aplicarse en otro tipo de asignaturas.

Mi adolescencia fue el punto de partida para comenzar a compartir aficiones porque, a pesar de que yo ya hubiera conformado mi círculo de amigos, lo cierto es que siempre me he entendido mejor con los mayores y en Lourdes encontraba el soporte perfecto para expresar de forma cómoda mis inquietudes. A raíz de ahí fuimos formando un tándem engullidor de mundos que tal vez no interesaran al resto, pero que a nosotros nos complacía abordar.  

Dos días antes de la muerte de mi abuela, ésta le confesó quién era su padre, aunque semanas después me dijo que siempre había imaginado su identidad. Al cabo de dos años murió mi padre, a quien cuidó con auténtica devoción durante su enfermedad. Y a partir de ahí, ella y yo, juntos, hemos compartido días de vino y rosas. También días funestos. Pero prefiero recordar la gloria de los instantes de celebración y brindis. En grandes hoteles o en la salita de estar de casa. Vestidos con nuestras mejores galas o en pijama de invierno, tapados con una manta. Lo mejor de todo es que hemos sido muy felices incluso recordando lo amargo, volteándolo y viendo la parte positiva -aunque no la hubiera-, que siempre desembocaba en un “tú y yo”. En un “estamos juntos”.

El aplomo de su rebeldía pudo hacer que perdiera muchas veces pero, en el fondo, a su manera, siempre salió victoriosa porque supo cómo afrontar cada uno de los eslabones de la cadena de su vida. Con ímpetu y lealtad. Y, aun sintiendo, a veces, una desbocada rabia por las inevitables huellas que han quedado grabadas para siempre en su memoria, quiero creer que ésta es una ocasión perfecta para desempolvar los vestigios de todos estos recuerdos y compartirlos aquí, ahora, para desencriptarlos del silencio.

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